
Salí corriendo del estudio. Me dirigí a la cocina. ¡No sabía que hacer! Estaba desesperada.
Si, leen esto con ojos de sentencia, pero no lo van a entender si no han estado en mi lugar.
Pasaron los días, las vacaciones llegaron. Nada. Mi vida seguía siendo igual de triste y patética que los últimos días.
Papá mandó una postal desde Chile. Decía lo mucho que me quería y lo mucho que me extrañaba, pero que era lo mejor para los dos.
Poco después, recibí una llamada. Era papá. Llamaba desde Brasil.
-¡Hija, no sabes cómo desearía que estuvieras aqui!
-Si papi... a mi también me gustaría estar con ustedes.- claro ¡como si te doliera dejarme acá sola!
-Bueno hija, te dejo. Las llamadas desde acá me salen un poco caras.- Papá siempre igual de tacaño- te mando muchos besos hija. Tu hermanita también.
-Ciao, papi.
-Ciao bebe.
Claro... papá... el hombre importante de negocios al que ahora le duele dejar a su hijita sola con una mujer llena de problemas. ¡Bah, que se lo crea él solo!
Bueno, ¡yo era una niña! No piensen mal, no sabía lo que realmente decían o querían decir.
Total que, una noche mamá dormíamuy profundo. Siempre ha tenido el sueño pesado, así que eso no fue mi problema. Entré cautelosamente a su recamara.
Sonaba "highway blues" Mamá siempre dormía con esa canción.
Entré a su baño, y poco a poco, sin prender la luz, busqué la caja de pastillas que mamá escondía.
-No es nada importante, solo para la migraña- mamá contestaba cada vez que le preguntaba por el uso de esas pastillas.
¡Si! El frasco decia VALIUM. Cielos, no pensé encontrarlas. Mamá las escondía desde la vez que me vió tomándolas. Ella no sabe que las tomaba porque las necesitaba, ni que lo hacía diario. Pensaba que sólo lo había hecho una vez, porque me dolía la cabeza.
Enseguida corrí al baño y saqué de un cajón dos rastrillos que había guardado hace días. Tomé los rastrillos y saqué las navajas una por una.
Cada vez sentía más la adrenalina. Pero sentía más las ganas de triunfar y acabar con todo el sufrimiento.
Tomé una pastilla. Nada. Esperé unos segundos. Nada. Solía dormir con una o dos pastillas. ¡Tomaré otra!
Y así fue. Una... dos... tres... Nada... Cuatro... cinco... seis... No lo siento aún... esta bien, seguiré.
-Piensa Drí, piensa en mamá- escuche que una pequeña vozme decía.-Piensa en lo mucho que va a sufrir.
-¡Mentira! Mamá no sufrirá más por mi culpa... ¡Ya ha sufrido bastante!
Poco a poco dejé que as navajas rodaran por mis muñecas. No puedo decir que no lo disfruté, porque sería mentir.
Cada gota de sangre que salía de mi ser era como una lágrima que había guardado por años.
-Mamá sería tan feliz- seguía diciendome- encontrará a alguien que la quiera, si eso será lo que pasará, es más, quizá hasta papá regrese.
Poco a poco todo se fue nublando. No veía ni mis pies. Me sentía mareada, con ganas de vomitar. Pero en ese momento nada de eso me importaba. No. Quería desaparecer. Quería dormir por siempre. Ser como las princesas de los cuentos que mi papá me leía desde pequeña, en donde la princesa duerme hasta que un principe llegaba a su rescate.
Quería ser como la princesa Aurora y tener a mi príncipe Felipe. Sería la princesa Alejandría y su príncipe Diego.
Negro. Todo negro.
No más ruidos. No más sentimientos. No más dolor. Solo... solo negro.
-Muy bien hecho niña- una voz me decía una y otra vez- Te felicito, ahora mamá sufrirá más.
-Pero ya lo hizo, no puede hacer más.
-Claro que si puede... es mas, ¡debe hacerlo! Debe pelear por vivir, ¡debe aferrarse a la vida!
Pero, ¿quiénes eran esas voces? Nunca lo sabré.
Lo que sé es que justo eso hice. Me aferré a la vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario